En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados y lentejas los viernes, consumían gran parte de su hacienda.
Este hidalgo era aficionado a los libros de caballerías. Leía tantas historias de aventuras que llegó a creer que todo aquello era real. Por eso decidió convertirse en caballero andante, ponerse una armadura y recorrer los caminos para ayudar a las personas y vivir grandes aventuras.